Frase del Mes

"Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos." El principito, Antoine de Saint-Exupéry.

miércoles, 6 de julio de 2011

.Capitulo I.

DIEZ AÑOS DESPUÉS



.Capitulo I.

Una tarde de Septiembre, Nerea caminaba deprisa. Había quedado con su mejor amiga Sofía esta noche para ir a celebrar su cumpleaños. Era en el Bartey’s, el Pub más famoso del pueblo, pero su amiga la esperaba en la Parada. Primero daría a la madre de la cumpleañera sus pertenencias, y ella las llevaría a su casa, donde dormiría las dos juntas. Llegó a la parada y observó con asombro cómo casi todas las de su curso esperaban en la parada junto a su amiga. Todas iban vestidas como barbies y con toneladas de maquillaje. La madre, rubia teñida y casi esquelética ya las estaba esperando. Con una falsa sonrisa dijo:
-Ya llegó la tardona.
Todas rieron aún más falsamente que ella. Todas eran iguales, unas niñas mimadas. Nerea no sabía que todas las pijas del pueblo estarían con ellas. Sofía era distinta del resto, aunque muchas veces vestía como ellas, no era pija en absoluto. Llegó el autobús y todas subieron atropelladamente. Todas excepto las dos amigas, que subieron detrás.
-Lo siento.- Se disculpó Sofía.-Mi madre se empeñó en invitarlas a todas. Es una pija de cuidado. Pero en el fondo es buena persona.
-Muy, muy en el fondo-Bromeó la otra amiga.
Las dos se rieron y se sentaron en el bus. Tardaron unos minutos en llegar a la parada, y al parar, todas las barbies bajaron en tropel. En la puerta del local les esperaban sus novios, a los que se agarraron como si fuesen su salvamento. El local estaba lleno. Era sábado de fiesta por lo que mucha gente iba a pasárselo bien. El interior estaba iluminado con focos de colores y bolas de cristal. La música actual sonaba alta, incluso ensordecedora. La gente bailaba al ritmo de la música, vestida con caros trajes de fiesta, que contrastaban enormemente con la actitud pasiva de Nerea. Iba arreglada si, pero no se parecía en nada con la gente de la discoteca. Lo que ella llevaba, las barbies lo llevaban en un día normal, mientras que ella se pondría unos tejanos y una blusa. En definitiva, no era el estridente ambiente, si no tanta gente jugando a ser mayores. Odiaba ese tipo de gente. Sofía se había acercado a unos conocidos, así que aprovechó para refugiarse en el único lugar tranquilo del local. El baño del servicio. Ella sabía que los empleados escondían las llaves detrás de un enchufe mal colocado, así que se agachó a cogerlas. Una voz dijo a mi espalda:
-¿Qué haces tirada por el suelo? ¿Ahora eres escoba? Porque con esos pelos no me extrañaría nada en absoluto.
No necesitó volverse para saber que una de las barbies del autobús se había colocado a su espalda. Rápidamente, giró sobre si misma con la pierna extendida, barriéndola y haciéndola caer al suelo. La miró con cara de asco. Iba a ser una noche larga.
-Pues da la casualidad de que las escobas barrimos la porquería del suelo.
Sin prestarle más atención, se dio la vuelta y entró en el servicio del personal. La Barbie le miraba con cara alucinada y enfadada a la vez. Le había roto los tacones más caros que tenía. La mocosa esa se iba a enterar.

Dentro del baño, Nerea, sentada en la taza blanca del váter, se había puesto los cascos y las canciones sonaban unas detrás de otras por encima de la estridente música del lugar. De repente escuchó una voz, más en su cabeza que en sus oídos. Se quitó los cascos y aguzó el oído. Allí estaban, podía escuchar a dos personas discutiendo. Pero no era el hecho de que hablasen lo que le asustaba. Era esa sensación, como si lo escuchase en su cabeza. Y lo más estremecedor de todo era el tema: Matar a alguien. Pero lo decían con indiferencia, como si no importase el hecho de que alguien muriese en ese lugar a esa hora. Con cuidado de no hacer ruido, se levantó de la taza donde estaba sentada y se asomó por la pequeña ventanilla.

En el callejón lateral del bar, aquel misterioso hombre caminaba cubierto con un largo abrigo negro. Sus blancos cabellos sobresalían por debajo del ala de su sombrero, también negro. Su simple presencia ralentizaba el tiempo, como si solo existiese el.
-Sabía que vendrías.- Dijo una voz entre las sombras.
-¿Dónde está tu amigo?
-Ha ido a avisar al Clan.
El hombre que acababa de hablar salió de las sombras. Bajo la luz de la luna llena, sus rasgos quedaron iluminados. Era joven, tal vez un año más que ella. Su larga cabellera negra reflejaba la luz del satélite y sus ojos, de un azul oscuro e intenso brillaban bajo el flequillo descuidado. Vestía unos pantalones tejanos y una camiseta negra en la que se leía:”Now it´s your time.”
-Y también sabes que lo que has venido a hacer no te servirá de nada. No si no estamos los Doce juntos.
-Lo sé, lo sé.- Respondió entre risas.- Pero me gustará verte morir. Otra vez.- Al sonreír, sus dientes blancos como perlas quedaron al descubierto.- Tómatelo como algo personal.
Tras el disparo, el hombre calló de rodillas al suelo. Su sobrero rodó por el polvoriento suelo y fue a parar a los pies de la Sombra, dejando la lisa cabellera suelta, inerte. Su cara no mostraba terror ni pavor. Simplemente, indiferencia. La sombra rió, recogiendo el sombrero del suelo y de lo puso. Escupió con repugnancia al cadáver y acto seguido, saltó la valla entre risotadas y desapareció en la negrura de la noche.
Pasaron unos minutos. Algunos insectos comenzaban a acercarse al muerto y al pequeño charco de sangre plateada que había empezado a manchar el suelo de debajo de la víctima. Nerea, subida a la papelera y asomada a la pequeña ventanilla, había presenciado toda la escena con terror. Había visto cómo el misterioso chico de negro había disparado al otro. Pensó en llamar a los dueños del local o a la policía, pero algo le impedía mover su mirada del hombre tendido en el suelo. Súbitamente, él abrió los ojos. Su cuerpo se vio rodeado entones de un gran resplandor, iluminando todo el callejón. Nerea, impresionada, sacó su teléfono móvil y comenzó a grabar. Tras unos segundos, se apagó, y la oscuridad devoró de nuevo el escenario del crimen. Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, la asustada chica pudo distinguir a un chico joven, de mas o menos su edad que le miraba. Era alto y a diferencia del asesino, su pelo era rubio oscuro y sus ojos de un marrón casi oro. Y esos ojos la miraban fijamente, amenazantes.
Nerea dio un respingo y cayó de la papelera cuando abrieron la puerta del baño. Supuestamente estaba cerrado a llave, pero quien abrió fue el dueño del local. Detrás suyo asomaba la cabeza la barbie a la que había vacilado al entrar.
-Fuera de aquí.- Dijo el dueño con voz seria.
Nerea bajó la cabeza y miró con repugnancia a la barbie antes de salir del baño. Se dirigió a la puerta pero alguien la agarró por detrás. Era Sofía.
-¿Te vas ya?- Preguntó sin esperar respuesta.- Te acompaño, estos zapatos me están matando.- Concluyó señalando el par de tacones que llevaba en una mano.
Mientras salían, Sofía hizo una llamada al chófer de su familia. Si, en aquel pueblo todos eran ricos. Esperándolo, su amiga hizo una pegunta que no la ayudó a olvidar lo que había visto.
-¿Qué te pasa? Estás como si hubieses visto un fantasma.
Un fantasma. Esa clase de seres eran raros. Espectros, muertos. No, ella no había visto un fantasma. Había visto a un hombre morir para más tarde volver a la vida como otra persona. Un dolor ardiente en la mano la distrajo. Se la miró y vio cómo una pequeña linea negra se marcaba a fuego en su piel, justo por debajo de su muñeca. Quiso gritar de dolor pero con eso sólo asustaría a su amiga. Y era su cumpleaños, no podía hacerle eso. “Aguantaré.”-Se dijo-”Aguantaré y mañana pondré orden a todo esto.”
Eran las doce cuando el lujoso coche paró junto a la acera y las dos subieron. El chófer no preguntó porqué iban ellas dos solas, pero Sofía le explicó que a la una debía volver a recoger a las demás. El trayecto no fue lago y ninguna de las dos chicas comentó nada. Nerea aún llevaba el susto en el cuerpo y su amiga, la veía tan ausente que tenía miedo de preguntar. Llegaron por fin a su destino. La lujosa parcela estaba al lado de la playa y una verja metálica indicaba el acceso a la parcela desde la carretera. Pequeños farolillos iluminaban el camino de piedra que llevaba a la casa, mientras que unos grandes focos alumbraban la impresionante fachada. Más que casa era una mansión. Era muy cuadrada, blanca y gris, con grandes cristaleras que daban a una espaciosa porción de playa privada con palmeras, cancha de volley y tumbonas. Además contaba con un amplio jardín de hierba con piscina en la parte de atrás, columpios y pista de patinaje.
Bajaron del coche y entraron a la casa. La madre de Sofía había dejado todas las cosas de las en la puerta. Nerea buscó su mochila entre las enormes maletas de las demás y sacó de ella la ropa y subió al baño a cambiarse. Cuando bajó de nuevo al comedor, encontró a su amiga tirando la comida que su madre había dejado preparada.
-He pedido unas pizzas, no me apetece comer caviar y otras mingadas.- Comentó con una sonrisa en la cara. Por mucho que vistiese como una de ellas, Sofía jamás sería una barbie.
Se sentaron en el suelo delante del enorme televisor con un bol de palomitas y las pizzas a ver una película. Detrás del televisor, se podía ver el mar a través de un amplio ventanal que cubría toda la pared. La película que vieron no tenía mucha esencia, la verdad, así que Nerea se pasó todo el tiempo mirando por la cristalera.
-Mira esta parte.- Le dijo Sofía.- es la mejor de toda la película.
Nerea desvió la vista de la playa, pero no llegó a ver la imagen de la película, pues la televisión se apagó junto a todas las luces de la casa. Sofía se sobresaltó. Seguramente, pensó Nerea, en este tipo de casas no se producían apagones. La dueña de la casa se levantó a buscar el interruptor de la luz, alumbrándose con su teléfono móvil. Nerea, sola en el suelo de la sala de estar, volvió su vista al mar, pero su mirada se topó con la de alguien. Una mirada amenazante, proveniente de los ojos azules oscuro que había visto. NO, no se olvidaría nunca de aquella mirada. Entre el ventanal y la playa, estaba la Sombra del callejón. Vestía la misma ropa que hacía unas horas, los pantalones vaqueros y la camiseta negra. En la mano llevaba un puñal. Nerea gritó. Un relámpago iluminó la playa, pero cuando se escuchó el trueno que le acompañaba, la sombra ya no estaba allí. La luz volvió y Sofía regresó corriendo.
-¿Te encuentras bien?- Preguntó con voz preocupada por segunda vez en aquella noche.
-No, está todo bien.- Le respondió. Pero si que pasaba, había visto un asesinato, luego al muerto revivir convertido en otra persona, y por último, el asesino se presentaba en la casa en la que iba a pasar la noche con un puñal.-Sólo estoy algo cansada, ha sido un día largo. Me voy ya a la cama.
-Buenas noches, que descanses.- La despidió con una sonrisa.
Nerea subió pesadamente los escalones hasta su habitación y se dejó caer en la cama con la ropa aún puesta. Quería desconectar del mundo por unas horas, aunque sabía que no iba a poder conciliar el sueño.

En el Gran Salón, los Doce ocupaban sus asientos. Vestían y se cubrían las caras con unas capas con capucha blancas, ya que ninguno debía conocer el aspecto físico de los demás. El que presidía la mesa habló con una voz grande y profunda.
-Te han encontrado y te han disparado, número Siete. Explícate.
El que debía ser el número Siete se levantó de la silla, y dirigiéndose al resto de encapuchados explicó:
-Me esperaban, pero no han conseguido nada. Saben que no pueden hacer nada mientras los Doce no estemos juntos. Aunque me hubiesen raptado...
-¡Básta!- le interrumpió una voz de mujer al lado del presidente.- Lo que queremos decir es que te hemos dado muchas oportunidades, como vuelva a pasar tendremos que tomar medidas.
-Encarcelamiento...- murmuró el acusado.
-Exacto, así que ya puedes andarte con cuidado...
El numero Siete asintió con la cabeza. Debía andarse con cuidado si no quería quedarse atrapado para el resto de su vida en una prisión subterránea. Debía andarse con mucho cuidado...

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