Los días pasaron y comenzó a hacerse presente el Otoño. Un manto de hojarasca marrón, roja y amarilla cubrió el pequeño pueblo marítimo. Las clases empezaban en una semana y la gente se quedaba en casa estudiando las recuperaciones. A ella no le había caído ninguna pero a su amiga sí, por lo que la ayudaba estudiando con ella la Literatura del Medioevo, aunque la mayor parte de las tardes acababan distrayéndose hablando sobre los nuevos profesores y asignaturas.
-Creo que este año empezamos Latín.
-Pues dicen que la profesora de Matemáticas se Jubila a mitad de Curso.
-¿Has pensado de qué color llevará el pelo Miriam este curso?
-¿Y sabes algo de Raquel? No he hablado con ella en todo el verano.
-Pues anda que las fotos que ha subido Ana…
Tardes y tardes hablando de lo mismo. Hasta que un día, al llegar a casa, Nerea encontró a sus padres revolviendo en la habitación de invitados. Cuando preguntó a qué se debía, su madre le respondió con ilusión:
-Es la prima Ivy, que viene a pasar el curso con su novio y van a estar aquí. ¿No es Fantástico?
La prima Ivy era dos años mayor que Nerea. Inteligente, atractiva, brillante en los estudios, exitosa… Nadie, excepto quizás la abuela, desconfiaba de ella. De hecho, era imposible con esa cara de niña buena. A Nerea no le caía mal. La había visto una contadas veces en su vida, y cuando eso, no hablaban, ya que Ivy siempre se iba con las primas mayores. Pero tenerla en casa sería guay, y más si estaba con su novio. De hecho, podía dar un giro enorme a su popularidad, quedando incluso por encima de las barbies. Ellas no tenías primos estadounidenses.
Hasta que llegó el sábado (Día de la esperada llegada), la familia estuvo ocupada limpiando la casa al completo, arreglando cortinas y persianas y quitando la suciedad de las ventanas; Comprando nuevas sábanas, un reproductor de música y adornos para la bienvenida. Nerea pensaba que esto último era excesivo: llenar la casa de globos y serpentinas era sinónimo de fiesta, y nadie da fiestas el fin de semana antes de empezar el curso. Es como decir: ¡La diversión sigue! Y eso, en el fondo es mentira.
Cuando Ivy y su novio John entraron por la puerta con grandes maletas, se produjo un aluvión de abrazos y presentaciones. Ambos eran muy agradables, según pensó Nerea, y se defendían muy bien con el idioma, teniendo en cuenta que venían de otro país. El viaje había sido largo, así que nada más cenar se fueron todos a la cama. Mañana sería un día largo y al siguiente comenzaría el colegio.
El domingo Nerea estuvo todo el día fuera de casa. Su prima tenía que instalarse así que la mandaron al centro comercial. Allí se pegó toda la mañana y toda la tarde de compras con Sofía, que cansada de estudiar, también se había unido. Estaban sentadas en la terraza de un Frutolandia, tomando un batido de mango cuando, ante los ojos de Nerea, cruzó un joven. Pelo castaño oscuro, piel bronceada y destellos dorados en los ojos. Lo reconoció al instante. Era el hombre del callejón, el que había resucitado. Se levantó de un salto de la silla, dejando el batido a medias y a la amiga anonadada y corrió hacia el joven. Estaba segura de que era él. Cuando llegó a su altura, le agarró del brazo y le obligó a darse la vuelta. Le sacaba media cabeza, pero Nerea no se dejó impresionar.
-¿Qué eres?- le preguntó casi en un susurro. El joven, abrió los ojos, sorprendido de que le hablasen a él, pero luego recupero la compostura y taladró con la mirada a la (ahora si) asustada chica. Nerea sintió cómo se volvía pequeña en comparación con el mundo y cómo un ser incorpóreo penetraba y revolvía sus pensamientos. Notó cómo aquello la envolvía y le oprimía el corazón, como si aquel extraño personaje se colase en el interior de su cabeza y leyese todos y cada uno de los momentos que había vivido.
-Te vi revivir…-aclaró con una diminuta vocecilla.
<
Cuando Nerea se dejó caer sobre su silla en el frutolandia y le dio un sorbo al batido, su prima Ivy apareció junto a su novio. Tras las presentaciones, ambos se sentaron en la mesa y pronto todos estuvieron enfrascados en una conversación sobre Estados Unidos y sus costumbres. Todos menos Nerea, seguía mirando fijamente la puerta por la que había salido el chico. ¿Cómo había podido desaparecer el video? Se había asegurado de guardarlo en la tarjeta de memoria. De eso estaba segura. ¿Y cómo era posible que aquel joven la hubiese hecho sentir tan pequeña e insignificante mientras sentía como todos sus secretos salían al descubierto? Estaba claro que aquel ser no era normal. Primero resucitaba y luego entraba y le hablaba dentro de su cabeza. Se miró la extraña y fina cicatriz negra que le había salido en la parte trasera de la muñeca. Justo el día en el que los vio. La muñeca sufrió una pequeña convulsión y Nerea ahogó un grito. Otra pequeña línea se le marcaba en la piel, justo al lado de la otra, produciendo una fina sensación de abrasión. Estaba inclinada, unos treinta grados, pero no llegaban a tocarse. Sin el viento de la noche de hacía unos días, el olor a carne quemada se elevó hacia la mesa.
-¿Y ese olor a carne quemada?- Preguntó su amiga.
-Vendrá de la cocina.- contestó alguien, quitándole importancia. Pero si que la tenía. Era ya la segunda cicatriz. Que era eso ¿Una señal? ¿Un aviso? En todo caso, Nerea tenía una cosa clara: debía llegar al fondo de este asunto. Y esa idea se reforzó y cobró aún más forma cuando su amiga Sofía sacó el tema.
- ¿Habéis oído lo del joven de pelo negro que camina por el paseo marítimo de noche y se dedica a mirar fijamente a la gente? Es rarísimo, cada vez la gente está peor. El año pasado llamaron a mi casa una pareja que…
Sentados en la mugrienta mesa de madera, llena de colillas de cigarro y jarras vacías de cerveza, se encontraban doce hombres y mujeres que discutían y vociferaban intensivamente. Sólo uno estaba callado. Uno que intentaba pasar desapercibido por debajo de aquel griterío. Pero no lo consiguió, pues una mujer de aspecto fiero y amenazante clavó un puñal en la mesa, y dirigiéndose a él, gritó:
-¡Tú!-Todo el mundo se calló.- Atacaste a uno de ellos junto a uno de tu banda y lo hiciste delante de un mortal. ¿Sabes lo que pasará si ese mortal difunde la noticia?
El acusado meditó. Sabía la consecuencia: Enterrado hasta la cabeza en el fondo del mar. Pero aquella chica, tenía algo especial. Algo que le había impedido matarla noches atrás. Los asistentes se impacientaban, necesitaban una respuesta. Y no una respuesta cualquiera, querían oír Esa respuesta, y el no estaba por la labor de arriesgar el pescuezo. Así pues, se apresuró a decir:
-Lo sé y lo remediaré. Mataré a esa mortal, pero aún no.- hizo una pausa- Aún no…
-Tienes de plazo hasta la primera nevada.-respondió con fiereza la que había hablado antes.- Ni un día más, ni un día menos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario