Frase del Mes

"Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos." El principito, Antoine de Saint-Exupéry.

lunes, 25 de julio de 2011

.Capitulo III.

.Capitulo III.


Y el colegio comenzó. A Nerea no le iba mal en él, se limitaba a participar en clase y estudiar para llegar al 6. No le ponía mucho interés, pero se defendía bastante bien. Solía pasar las clases garabateando o pensando en sus cosas, distraída. Y esta primera semana, el tema eran los dos extraños personajes. La Sombra (como decidió llamarle), que tras disparar al otro, había aparecido en casa de su amiga con intención de ¿Herirla? Llevaba un arma en la mano... Y el Inmortal (que era en nombre que le había puesto al otro) que tras morir, había resucitado convertido en otra persona; y días mas tarde había entrado a su cabeza. Y luego estaba el tema de las Marcas. Habían aparecido las dos veces que los había visto. Más concretamente, que había visto al Inmortal. Se las miró con detenimiento. Dos líneas negras marcadas a fuego en su piel. Pasó el dedo por encima, acariciándolas. Podrían pasar perfectamente por tatuajes. Pero entonces notó algo que no se había dado cuenta antes: Estaban calientes. Si apoyabas los dedos encima, podías notar que la temperatura de esa zona era más elevada. Nerea se quedó pensando en esto durante el resto de las clases y casi ni se inmutó cuando sonó el timbre que indicaba su final.
Mientras hacía los deberes de la clase de lengua, pensó en una forma de salir de casa por la noche. Podía sacar ella la basura, pero no le daría tiempo; si se escapaba y la pillaban le caía una buena. No, debía ser algo más creible. Entonces se le ocurrió: ¿Por qué no ir a cenar con los primos al paseo marítimo? Allí había unas pizzerías buenísimas y podría salir discretamente y volver antes de que terminara la cena. Así que, dejando los análisis sintácticos sin terminar, corrió hacia la sala de estar, donde sus padres y primos jugaban al Monopoly, y les contó el plan (omitiendo, claro está, la parte en la que se escabulle para buscar a un asesino).
A nadie le pareció mala idea, así que en cuanto estuvieron listos, salieron a la calle. Nerea iba con un vestido blanco, y apenas se había maquillado, al contrario que su prima, quien, en opinión de Nerea, lo había hecho excesivamente. Estuvieron una hora paseando al lado del mar, en la que todos los miembros de la familia charlaron alegremente. Todos excepto Nerea, que se mantuvo callada hasta que se sentaron en la terraza de la pizzería a cenar. Tras pedir la comanda, Nerea se excusó para ir al baño y salió por la puerta trasera del restaurante. Debía darse prisa, así que corrió hacia la zona más solitaria del paseo marítimo. Al principio no vio nada, pero después lo descubrió, sentado en un banco a la luz de la farola. Allí, camuflado en la oscuridad de la noche, estaba la Sombra.
Nerea se acercó titubeante y se escondió tras una palmera, a escasos pasos de la espalda chico. Había tomado un cuchillo del restaurante, por si acaso. La sombra de esta se proyectaba larga en el suelo y su respiración acelerada era lo único que oía, pero confió en que no se escuchase tan fuerte como ella misma se la oía. Aguantó la respiración. No quería ser vista hasta que tuviese un plan.
-¿Querías algo?.- Preguntó la Sombra, sin volver la cabeza siquiera.-Aunque si tiras el cuchillo que ocultas tras el vestido responderé tus preguntas mucho mas a gusto.
Nerea contuvo la respiración y avanzó hasta el banco. No pensaba soltar su único modo de defensa. El chico le seguía dando la espalda, pero con la voz menos temblorosa que pudo poner, preguntó:
-¿Quién eres?
Tras unos incómodos segundos para Nerea, la Sombra respondió.
-Me llaman León, aunque ese no es el nombre que me dio mi madre. Ya no me acuerdo de el.
-¿Dónde estudias?- Fue lo único que se le ocurrió decir.- Tienes mas o menos mi edad, y no te he visto nunca por el instituto.
-No estudio. Mi tiempo lo ocupan... otras cosas.
-¿Como matar ancianos en un callejón?
Leon suspiró. Nerea contuvo la respiración. No debía haber hecho ese comentario.
-Deberías irte, o te echarán de menos en la pizzería.
Ella asintió. Su corazón palpitaba intensamente, no sabía si del miedo, o si había algo más... Pero no le dió más vueltas y se alejó corriendo del lugar mientras la sonrisa de la Sombra brillaba en la noche.


El recuerdo de esa noche no salió de la memoria de Nerea en las siguientes semanas. En clase y en casa, por las mañanas y por las noches. A todas horas veía espejismos de la sombra. En un bar a las afueras del instituto, detrás de la iglesia. Siempre que veía a alguien con el pelo largo y negro le daba un vuelco el corazón. Y lo peor de todo, era que no le tenía miedo.
Un jueves por la tarde, Sofía, cansada de su comportamiento, la llevó a una visita muy especial. Cuando Nerea pasó por debajo del cartel morado en el que se leía “Tarot de Lucía”, estuvo a punto de tirarse encima de su amiga. No se lo podía creer¡Su mejor amiga la había llevado a visitar a una anciana supersticiosa! Aun así, acabó siendo convencida para entrar en el local.
Cuando entraron al pequeño y oscuro vestíbulo, un fuerte olor golpeó a las dos amigas. Era una extraña mezcla entre varias plantas aromáticas que Nerea no supo diferenciar. En el techo, brillaba suavemente una lampara de araña, de un color dorado oscuro. De las paredes violetas colgaban marcos, también dorados, con descoloridas fotos antiguas en las que se mostraba una familia sonriente o un día de pesca. Sofía sentó a su amiga en un sofá de terciopelo púrpura y pasó a través de una puerta oculta tras una cortina de abalorios del mismo color. Nerea abrió su teléfono móvil para enviar un mensaje de texto a su madre indicando que se retrasaría, pero no tenía cobertura. Al cabo de unos segundos, la amiga se asomó entre los abalorios y la invitó a pasar.
El vestíbulo dio paso a una sala más pequeña que la anterior, de techo bajo e iluminada por unas pocas velas, en la que Nerea pudo distinguir más marcos de fotos antiguos, solo que en esta ocasión, no eran fotos familiares lo que recubrían, sino extraños dibujos abstractos que parecían cambiar de forma o cobrar vida. El único mobiliario que había era una pequeña mesa cubierta por un tapiz de rejilla blanco y un par de taburetes de madera. Sobre la mesa, descansaba una brillante esfera de cristal. Nerea suspiró y se giró hacia su amiga.
-¿De verdad crees que...?-Pero no llegó a terminar la pregunta, pues su amiga la calló con un pisotón mientras sonreía a algo que se encontraba detrás suyo. De detrás de una cortina de abalorios idéntica a la que acababan de traspasar, salió una diminuta mujer, de piel morena y pelo blanco como la nieve. En silencio, se sentó en uno de los taburetes y extendió una baraja de cartas de tarot sobre la mesa.
-Siéntate en el otro taburete y luego me lo cuentas.- le indicó Sofía mientras esta salía por la cortina que daba al vestíbulo.-Y se sincera.
Nerea hizo caso y se sentó en el taburete que quedaba libre en frente de la señora y respiró hondo. No se le daban bien estas cosas. La vidente la miró fijamente a través de unas gafas de fina montura metálica y sonrió mientras barajaba el mazo de cartas.
-Corta.- le dijo simplemente.
La intrigada chica obedeció casi automáticamente y cuando la anciana mujer tuvo las cartas otra vez en su poder, comenzó a distribuirlas sobre la mesa. Nerea puso los ojos en blanco y se fijó en la distribución de las cartas. Había nueve, y estaban dispuestas en forma de cruz. La vidente las observó detenidamente durante un rato. Su expresión fue variando, primero una pequeña sonrisa para después convertirse en una expresión de auténtico pavor. A si mismo, los cuadros de la estancia también variaban. Formas y colores que se volvían cada vez más fuertes, más oscuros. Todo esto dio a Nerea malas vibraciones. La anciana mujer, ahora al borde de la histeria. Había comenzado a señalar las cartas. La cada vez más asustada chica, las miró. Entre las nueve, pudo observar antes de que las retirase bruscamente de la mesa para barajar otra vez a un juglar medieval con una mancha de lo que parecía sangre en el centro y otras cartas de aspecto siniestro. Mientras la echadora de cartas barajaba de nuevo. Nerea se sintió de nuevo incómoda.
-¡Corta!- casi gritó la pitonisa


Blanca como el papel, cortó, y la estresada mujer repartió otra vez. Un chillido resonó por toda la sala. Las cartas estaban en la misma disposición. Todas eran las mismas, y la la mancha de sangre del juglar se había hecho más grande. La chica observó las cartas. Delante del juglar, había una torre que se consumía por las llamas y un poco más allá, estaba la muerte. No sabía si se cumpliría o no, pues no era nada supersticiosa, pero que las dos veces salieran las mismas cartas. “No habrá barajado bien” intentó convencerse. Pero ella misma la había visto barajar efusivamente. Tenia el presentimiento de que algo malo iba a ocurrir. La vidente, asustada, tiró del pequeño mantel que cubría la mesilla y tiró las cartas al suelo. Pero no fue lo único que voló. También salió disparada la bola de cristal, que se estrelló en el suelo rompiéndose en miles de fragmentos diminutos, liberando de su interior un vapor púrpura.


Nerea retrocedió hacia la puerta mientras la anciana gritaba en un idioma que no llegó a reconocer. Pero al traspasar la cortinilla, descubrió que no se encontraba en el recibidor morado. Había entrado por la puerta de la pitonisa. En esta nueva estancia, todo cambiaba. Adiós al color morado de las anteriores. Las paredes de esta eran de piedra, y en ellas estaban trazados símbolos rúnicos verdes y violetas, que se concentraban mas con forme llegaban al final de la habitación, formando una enorme V al final de la estancia. Allí se encontraba una amplia losa de piedra gris. Esto, junto a una cesta de mimbre cubierta a su lado era lo único que había en la estancia.
El movimiento de los abalorios a u espalda la sobresaltó. La anciana mujer, ya recuperada, entró a la estancia y retiró la tela que cubría la cesta. De ella sacó un viejo libro con las cubiertas moradas desgastadas. Tras esto, volvió sobre sus pasos y se sentó en el taburete a ojear el libro. Intuyendo que aún no había acabado, Nerea la siguió y se sentó en la silla vacía. La mujer paró de leer, e indicándole un párrafo, le acercó el libro para que leyera. Nerea obedeció.


Dicen, que hace mucho tiempo, los dioses hicieron un regalo a la humanidad. De las estrellas, cayeron unos seres formidables que se encargaron de enseñar a los hombres. Eran magníficos, bellos y dotaron a los hombres de sabiduría y conocimiento. Los hombres los llamaron Athanatos. Pero al convivir con humanos, comenzaron a sentir como ellos. Amor, esperanza, pero también frustración y odio. Y eso no se lo podían permitir. Ellos debían se perfectos. Así que encerraron todos esos sentimientos negativos en mortales a los que encerraron en grandes prisiones, esperando a que muriesen, y así, deshacerse de ellos. Pero cuando pasaron los años y los mortales murieron, el mal no se quedó con ellos, sino que comenzó a pasar de un cuerpo a otro, haciéndose llamar Skias. Cuando un Skia moría, su esencia pasaba a otro que ocupaba su lugar. Y los Athanatos no podían hacer nada contra ellos. Los Skias, furiosas de ser inferiores, buscaron algo que los otros deseaban conseguir y lo volvieron en su contra, comenzando así una terrible guerra que por poco destruye el mundo.”
-Algo va a pasar.-Comenzó a decir la vidente.-Y ese algo está relacionado contigo. Haz lo correcto.
La anciana recogió el libro y traspasó la cortina que tenía a su espalda, volviendo a la trastienda y dejando a Nerea sola. Mientras salía del local, le dio vueltas y vueltas al asunto. El Inmortal y Leon... Pero cuando cruzó la calle con la mirada y vio, en la acera de enfrente a su amiga Sofia tomando un batido de frutas todo se esfumó. Lo importante no era ella, sino con quién estaba tomando el batido y tonteando. Era John, el novio de su prima.


Los Doce se habían vuelto a reunir en torno a la enorme mesa blanca del Gran Salón. Cada uno sentado en su imponente trono blanco y cubierto por su capucha del mismo color.
-Es la segunda vez numero Siete.-Exclamó el presidente.- Creo que te habíamos avisado.
El número Siete se mordió el labio inferior. Todas las miradas estaban puestas en el. Nunca se había llevado a cabo ningún encarcelamiento.
-Al final de esta sesión, deberás acompañarnos al numero Uno y a mi a las profundidades donde serás encarcelado.-Comenzó a decir la mujer de la derecha del presidente.- Es eso o deshacerte de ella.
-Me desharé de ella- apresuró a decir numero Siete.
-Ten cuidado.-dijo el Presidente.-Sabemos que comienza a saber de este asunto.-Puntualizó clavando la mirada en la pequeña figura de mujer que ocupaba el asiento numero 5.
-Tienes hasta la primera nevada- Sentenció la mujer.

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