Frase del Mes

"Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos." El principito, Antoine de Saint-Exupéry.
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lunes, 25 de julio de 2011

.Capitulo III.

.Capitulo III.


Y el colegio comenzó. A Nerea no le iba mal en él, se limitaba a participar en clase y estudiar para llegar al 6. No le ponía mucho interés, pero se defendía bastante bien. Solía pasar las clases garabateando o pensando en sus cosas, distraída. Y esta primera semana, el tema eran los dos extraños personajes. La Sombra (como decidió llamarle), que tras disparar al otro, había aparecido en casa de su amiga con intención de ¿Herirla? Llevaba un arma en la mano... Y el Inmortal (que era en nombre que le había puesto al otro) que tras morir, había resucitado convertido en otra persona; y días mas tarde había entrado a su cabeza. Y luego estaba el tema de las Marcas. Habían aparecido las dos veces que los había visto. Más concretamente, que había visto al Inmortal. Se las miró con detenimiento. Dos líneas negras marcadas a fuego en su piel. Pasó el dedo por encima, acariciándolas. Podrían pasar perfectamente por tatuajes. Pero entonces notó algo que no se había dado cuenta antes: Estaban calientes. Si apoyabas los dedos encima, podías notar que la temperatura de esa zona era más elevada. Nerea se quedó pensando en esto durante el resto de las clases y casi ni se inmutó cuando sonó el timbre que indicaba su final.
Mientras hacía los deberes de la clase de lengua, pensó en una forma de salir de casa por la noche. Podía sacar ella la basura, pero no le daría tiempo; si se escapaba y la pillaban le caía una buena. No, debía ser algo más creible. Entonces se le ocurrió: ¿Por qué no ir a cenar con los primos al paseo marítimo? Allí había unas pizzerías buenísimas y podría salir discretamente y volver antes de que terminara la cena. Así que, dejando los análisis sintácticos sin terminar, corrió hacia la sala de estar, donde sus padres y primos jugaban al Monopoly, y les contó el plan (omitiendo, claro está, la parte en la que se escabulle para buscar a un asesino).
A nadie le pareció mala idea, así que en cuanto estuvieron listos, salieron a la calle. Nerea iba con un vestido blanco, y apenas se había maquillado, al contrario que su prima, quien, en opinión de Nerea, lo había hecho excesivamente. Estuvieron una hora paseando al lado del mar, en la que todos los miembros de la familia charlaron alegremente. Todos excepto Nerea, que se mantuvo callada hasta que se sentaron en la terraza de la pizzería a cenar. Tras pedir la comanda, Nerea se excusó para ir al baño y salió por la puerta trasera del restaurante. Debía darse prisa, así que corrió hacia la zona más solitaria del paseo marítimo. Al principio no vio nada, pero después lo descubrió, sentado en un banco a la luz de la farola. Allí, camuflado en la oscuridad de la noche, estaba la Sombra.
Nerea se acercó titubeante y se escondió tras una palmera, a escasos pasos de la espalda chico. Había tomado un cuchillo del restaurante, por si acaso. La sombra de esta se proyectaba larga en el suelo y su respiración acelerada era lo único que oía, pero confió en que no se escuchase tan fuerte como ella misma se la oía. Aguantó la respiración. No quería ser vista hasta que tuviese un plan.
-¿Querías algo?.- Preguntó la Sombra, sin volver la cabeza siquiera.-Aunque si tiras el cuchillo que ocultas tras el vestido responderé tus preguntas mucho mas a gusto.
Nerea contuvo la respiración y avanzó hasta el banco. No pensaba soltar su único modo de defensa. El chico le seguía dando la espalda, pero con la voz menos temblorosa que pudo poner, preguntó:
-¿Quién eres?
Tras unos incómodos segundos para Nerea, la Sombra respondió.
-Me llaman León, aunque ese no es el nombre que me dio mi madre. Ya no me acuerdo de el.
-¿Dónde estudias?- Fue lo único que se le ocurrió decir.- Tienes mas o menos mi edad, y no te he visto nunca por el instituto.
-No estudio. Mi tiempo lo ocupan... otras cosas.
-¿Como matar ancianos en un callejón?
Leon suspiró. Nerea contuvo la respiración. No debía haber hecho ese comentario.
-Deberías irte, o te echarán de menos en la pizzería.
Ella asintió. Su corazón palpitaba intensamente, no sabía si del miedo, o si había algo más... Pero no le dió más vueltas y se alejó corriendo del lugar mientras la sonrisa de la Sombra brillaba en la noche.


El recuerdo de esa noche no salió de la memoria de Nerea en las siguientes semanas. En clase y en casa, por las mañanas y por las noches. A todas horas veía espejismos de la sombra. En un bar a las afueras del instituto, detrás de la iglesia. Siempre que veía a alguien con el pelo largo y negro le daba un vuelco el corazón. Y lo peor de todo, era que no le tenía miedo.
Un jueves por la tarde, Sofía, cansada de su comportamiento, la llevó a una visita muy especial. Cuando Nerea pasó por debajo del cartel morado en el que se leía “Tarot de Lucía”, estuvo a punto de tirarse encima de su amiga. No se lo podía creer¡Su mejor amiga la había llevado a visitar a una anciana supersticiosa! Aun así, acabó siendo convencida para entrar en el local.
Cuando entraron al pequeño y oscuro vestíbulo, un fuerte olor golpeó a las dos amigas. Era una extraña mezcla entre varias plantas aromáticas que Nerea no supo diferenciar. En el techo, brillaba suavemente una lampara de araña, de un color dorado oscuro. De las paredes violetas colgaban marcos, también dorados, con descoloridas fotos antiguas en las que se mostraba una familia sonriente o un día de pesca. Sofía sentó a su amiga en un sofá de terciopelo púrpura y pasó a través de una puerta oculta tras una cortina de abalorios del mismo color. Nerea abrió su teléfono móvil para enviar un mensaje de texto a su madre indicando que se retrasaría, pero no tenía cobertura. Al cabo de unos segundos, la amiga se asomó entre los abalorios y la invitó a pasar.
El vestíbulo dio paso a una sala más pequeña que la anterior, de techo bajo e iluminada por unas pocas velas, en la que Nerea pudo distinguir más marcos de fotos antiguos, solo que en esta ocasión, no eran fotos familiares lo que recubrían, sino extraños dibujos abstractos que parecían cambiar de forma o cobrar vida. El único mobiliario que había era una pequeña mesa cubierta por un tapiz de rejilla blanco y un par de taburetes de madera. Sobre la mesa, descansaba una brillante esfera de cristal. Nerea suspiró y se giró hacia su amiga.
-¿De verdad crees que...?-Pero no llegó a terminar la pregunta, pues su amiga la calló con un pisotón mientras sonreía a algo que se encontraba detrás suyo. De detrás de una cortina de abalorios idéntica a la que acababan de traspasar, salió una diminuta mujer, de piel morena y pelo blanco como la nieve. En silencio, se sentó en uno de los taburetes y extendió una baraja de cartas de tarot sobre la mesa.
-Siéntate en el otro taburete y luego me lo cuentas.- le indicó Sofía mientras esta salía por la cortina que daba al vestíbulo.-Y se sincera.
Nerea hizo caso y se sentó en el taburete que quedaba libre en frente de la señora y respiró hondo. No se le daban bien estas cosas. La vidente la miró fijamente a través de unas gafas de fina montura metálica y sonrió mientras barajaba el mazo de cartas.
-Corta.- le dijo simplemente.
La intrigada chica obedeció casi automáticamente y cuando la anciana mujer tuvo las cartas otra vez en su poder, comenzó a distribuirlas sobre la mesa. Nerea puso los ojos en blanco y se fijó en la distribución de las cartas. Había nueve, y estaban dispuestas en forma de cruz. La vidente las observó detenidamente durante un rato. Su expresión fue variando, primero una pequeña sonrisa para después convertirse en una expresión de auténtico pavor. A si mismo, los cuadros de la estancia también variaban. Formas y colores que se volvían cada vez más fuertes, más oscuros. Todo esto dio a Nerea malas vibraciones. La anciana mujer, ahora al borde de la histeria. Había comenzado a señalar las cartas. La cada vez más asustada chica, las miró. Entre las nueve, pudo observar antes de que las retirase bruscamente de la mesa para barajar otra vez a un juglar medieval con una mancha de lo que parecía sangre en el centro y otras cartas de aspecto siniestro. Mientras la echadora de cartas barajaba de nuevo. Nerea se sintió de nuevo incómoda.
-¡Corta!- casi gritó la pitonisa


Blanca como el papel, cortó, y la estresada mujer repartió otra vez. Un chillido resonó por toda la sala. Las cartas estaban en la misma disposición. Todas eran las mismas, y la la mancha de sangre del juglar se había hecho más grande. La chica observó las cartas. Delante del juglar, había una torre que se consumía por las llamas y un poco más allá, estaba la muerte. No sabía si se cumpliría o no, pues no era nada supersticiosa, pero que las dos veces salieran las mismas cartas. “No habrá barajado bien” intentó convencerse. Pero ella misma la había visto barajar efusivamente. Tenia el presentimiento de que algo malo iba a ocurrir. La vidente, asustada, tiró del pequeño mantel que cubría la mesilla y tiró las cartas al suelo. Pero no fue lo único que voló. También salió disparada la bola de cristal, que se estrelló en el suelo rompiéndose en miles de fragmentos diminutos, liberando de su interior un vapor púrpura.


Nerea retrocedió hacia la puerta mientras la anciana gritaba en un idioma que no llegó a reconocer. Pero al traspasar la cortinilla, descubrió que no se encontraba en el recibidor morado. Había entrado por la puerta de la pitonisa. En esta nueva estancia, todo cambiaba. Adiós al color morado de las anteriores. Las paredes de esta eran de piedra, y en ellas estaban trazados símbolos rúnicos verdes y violetas, que se concentraban mas con forme llegaban al final de la habitación, formando una enorme V al final de la estancia. Allí se encontraba una amplia losa de piedra gris. Esto, junto a una cesta de mimbre cubierta a su lado era lo único que había en la estancia.
El movimiento de los abalorios a u espalda la sobresaltó. La anciana mujer, ya recuperada, entró a la estancia y retiró la tela que cubría la cesta. De ella sacó un viejo libro con las cubiertas moradas desgastadas. Tras esto, volvió sobre sus pasos y se sentó en el taburete a ojear el libro. Intuyendo que aún no había acabado, Nerea la siguió y se sentó en la silla vacía. La mujer paró de leer, e indicándole un párrafo, le acercó el libro para que leyera. Nerea obedeció.


“Dicen, que hace mucho tiempo, los dioses hicieron un regalo a la humanidad. De las estrellas, cayeron unos seres formidables que se encargaron de enseñar a los hombres. Eran magníficos, bellos y dotaron a los hombres de sabiduría y conocimiento. Los hombres los llamaron Athanatos. Pero al convivir con humanos, comenzaron a sentir como ellos. Amor, esperanza, pero también frustración y odio. Y eso no se lo podían permitir. Ellos debían se perfectos. Así que encerraron todos esos sentimientos negativos en mortales a los que encerraron en grandes prisiones, esperando a que muriesen, y así, deshacerse de ellos. Pero cuando pasaron los años y los mortales murieron, el mal no se quedó con ellos, sino que comenzó a pasar de un cuerpo a otro, haciéndose llamar Skias. Cuando un Skia moría, su esencia pasaba a otro que ocupaba su lugar. Y los Athanatos no podían hacer nada contra ellos. Los Skias, furiosas de ser inferiores, buscaron algo que los otros deseaban conseguir y lo volvieron en su contra, comenzando así una terrible guerra que por poco destruye el mundo.”
-Algo va a pasar.-Comenzó a decir la vidente.-Y ese algo está relacionado contigo. Haz lo correcto.
La anciana recogió el libro y traspasó la cortina que tenía a su espalda, volviendo a la trastienda y dejando a Nerea sola. Mientras salía del local, le dio vueltas y vueltas al asunto. El Inmortal y Leon... Pero cuando cruzó la calle con la mirada y vio, en la acera de enfrente a su amiga Sofia tomando un batido de frutas todo se esfumó. Lo importante no era ella, sino con quién estaba tomando el batido y tonteando. Era John, el novio de su prima.


Los Doce se habían vuelto a reunir en torno a la enorme mesa blanca del Gran Salón. Cada uno sentado en su imponente trono blanco y cubierto por su capucha del mismo color.
-Es la segunda vez numero Siete.-Exclamó el presidente.- Creo que te habíamos avisado.
El número Siete se mordió el labio inferior. Todas las miradas estaban puestas en el. Nunca se había llevado a cabo ningún encarcelamiento.
-Al final de esta sesión, deberás acompañarnos al numero Uno y a mi a las profundidades donde serás encarcelado.-Comenzó a decir la mujer de la derecha del presidente.- Es eso o deshacerte de ella.
-Me desharé de ella- apresuró a decir numero Siete.
-Ten cuidado.-dijo el Presidente.-Sabemos que comienza a saber de este asunto.-Puntualizó clavando la mirada en la pequeña figura de mujer que ocupaba el asiento numero 5.
-Tienes hasta la primera nevada- Sentenció la mujer.

miércoles, 6 de julio de 2011

.Capitulo I.

DIEZ AÑOS DESPUÉS



.Capitulo I.

Una tarde de Septiembre, Nerea caminaba deprisa. Había quedado con su mejor amiga Sofía esta noche para ir a celebrar su cumpleaños. Era en el Bartey’s, el Pub más famoso del pueblo, pero su amiga la esperaba en la Parada. Primero daría a la madre de la cumpleañera sus pertenencias, y ella las llevaría a su casa, donde dormiría las dos juntas. Llegó a la parada y observó con asombro cómo casi todas las de su curso esperaban en la parada junto a su amiga. Todas iban vestidas como barbies y con toneladas de maquillaje. La madre, rubia teñida y casi esquelética ya las estaba esperando. Con una falsa sonrisa dijo:
-Ya llegó la tardona.
Todas rieron aún más falsamente que ella. Todas eran iguales, unas niñas mimadas. Nerea no sabía que todas las pijas del pueblo estarían con ellas. Sofía era distinta del resto, aunque muchas veces vestía como ellas, no era pija en absoluto. Llegó el autobús y todas subieron atropelladamente. Todas excepto las dos amigas, que subieron detrás.
-Lo siento.- Se disculpó Sofía.-Mi madre se empeñó en invitarlas a todas. Es una pija de cuidado. Pero en el fondo es buena persona.
-Muy, muy en el fondo-Bromeó la otra amiga.
Las dos se rieron y se sentaron en el bus. Tardaron unos minutos en llegar a la parada, y al parar, todas las barbies bajaron en tropel. En la puerta del local les esperaban sus novios, a los que se agarraron como si fuesen su salvamento. El local estaba lleno. Era sábado de fiesta por lo que mucha gente iba a pasárselo bien. El interior estaba iluminado con focos de colores y bolas de cristal. La música actual sonaba alta, incluso ensordecedora. La gente bailaba al ritmo de la música, vestida con caros trajes de fiesta, que contrastaban enormemente con la actitud pasiva de Nerea. Iba arreglada si, pero no se parecía en nada con la gente de la discoteca. Lo que ella llevaba, las barbies lo llevaban en un día normal, mientras que ella se pondría unos tejanos y una blusa. En definitiva, no era el estridente ambiente, si no tanta gente jugando a ser mayores. Odiaba ese tipo de gente. Sofía se había acercado a unos conocidos, así que aprovechó para refugiarse en el único lugar tranquilo del local. El baño del servicio. Ella sabía que los empleados escondían las llaves detrás de un enchufe mal colocado, así que se agachó a cogerlas. Una voz dijo a mi espalda:
-¿Qué haces tirada por el suelo? ¿Ahora eres escoba? Porque con esos pelos no me extrañaría nada en absoluto.
No necesitó volverse para saber que una de las barbies del autobús se había colocado a su espalda. Rápidamente, giró sobre si misma con la pierna extendida, barriéndola y haciéndola caer al suelo. La miró con cara de asco. Iba a ser una noche larga.
-Pues da la casualidad de que las escobas barrimos la porquería del suelo.
Sin prestarle más atención, se dio la vuelta y entró en el servicio del personal. La Barbie le miraba con cara alucinada y enfadada a la vez. Le había roto los tacones más caros que tenía. La mocosa esa se iba a enterar.

Dentro del baño, Nerea, sentada en la taza blanca del váter, se había puesto los cascos y las canciones sonaban unas detrás de otras por encima de la estridente música del lugar. De repente escuchó una voz, más en su cabeza que en sus oídos. Se quitó los cascos y aguzó el oído. Allí estaban, podía escuchar a dos personas discutiendo. Pero no era el hecho de que hablasen lo que le asustaba. Era esa sensación, como si lo escuchase en su cabeza. Y lo más estremecedor de todo era el tema: Matar a alguien. Pero lo decían con indiferencia, como si no importase el hecho de que alguien muriese en ese lugar a esa hora. Con cuidado de no hacer ruido, se levantó de la taza donde estaba sentada y se asomó por la pequeña ventanilla.

En el callejón lateral del bar, aquel misterioso hombre caminaba cubierto con un largo abrigo negro. Sus blancos cabellos sobresalían por debajo del ala de su sombrero, también negro. Su simple presencia ralentizaba el tiempo, como si solo existiese el.
-Sabía que vendrías.- Dijo una voz entre las sombras.
-¿Dónde está tu amigo?
-Ha ido a avisar al Clan.
El hombre que acababa de hablar salió de las sombras. Bajo la luz de la luna llena, sus rasgos quedaron iluminados. Era joven, tal vez un año más que ella. Su larga cabellera negra reflejaba la luz del satélite y sus ojos, de un azul oscuro e intenso brillaban bajo el flequillo descuidado. Vestía unos pantalones tejanos y una camiseta negra en la que se leía:”Now it´s your time.”
-Y también sabes que lo que has venido a hacer no te servirá de nada. No si no estamos los Doce juntos.
-Lo sé, lo sé.- Respondió entre risas.- Pero me gustará verte morir. Otra vez.- Al sonreír, sus dientes blancos como perlas quedaron al descubierto.- Tómatelo como algo personal.
Tras el disparo, el hombre calló de rodillas al suelo. Su sobrero rodó por el polvoriento suelo y fue a parar a los pies de la Sombra, dejando la lisa cabellera suelta, inerte. Su cara no mostraba terror ni pavor. Simplemente, indiferencia. La sombra rió, recogiendo el sombrero del suelo y de lo puso. Escupió con repugnancia al cadáver y acto seguido, saltó la valla entre risotadas y desapareció en la negrura de la noche.
Pasaron unos minutos. Algunos insectos comenzaban a acercarse al muerto y al pequeño charco de sangre plateada que había empezado a manchar el suelo de debajo de la víctima. Nerea, subida a la papelera y asomada a la pequeña ventanilla, había presenciado toda la escena con terror. Había visto cómo el misterioso chico de negro había disparado al otro. Pensó en llamar a los dueños del local o a la policía, pero algo le impedía mover su mirada del hombre tendido en el suelo. Súbitamente, él abrió los ojos. Su cuerpo se vio rodeado entones de un gran resplandor, iluminando todo el callejón. Nerea, impresionada, sacó su teléfono móvil y comenzó a grabar. Tras unos segundos, se apagó, y la oscuridad devoró de nuevo el escenario del crimen. Cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, la asustada chica pudo distinguir a un chico joven, de mas o menos su edad que le miraba. Era alto y a diferencia del asesino, su pelo era rubio oscuro y sus ojos de un marrón casi oro. Y esos ojos la miraban fijamente, amenazantes.
Nerea dio un respingo y cayó de la papelera cuando abrieron la puerta del baño. Supuestamente estaba cerrado a llave, pero quien abrió fue el dueño del local. Detrás suyo asomaba la cabeza la barbie a la que había vacilado al entrar.
-Fuera de aquí.- Dijo el dueño con voz seria.
Nerea bajó la cabeza y miró con repugnancia a la barbie antes de salir del baño. Se dirigió a la puerta pero alguien la agarró por detrás. Era Sofía.
-¿Te vas ya?- Preguntó sin esperar respuesta.- Te acompaño, estos zapatos me están matando.- Concluyó señalando el par de tacones que llevaba en una mano.
Mientras salían, Sofía hizo una llamada al chófer de su familia. Si, en aquel pueblo todos eran ricos. Esperándolo, su amiga hizo una pegunta que no la ayudó a olvidar lo que había visto.
-¿Qué te pasa? Estás como si hubieses visto un fantasma.
Un fantasma. Esa clase de seres eran raros. Espectros, muertos. No, ella no había visto un fantasma. Había visto a un hombre morir para más tarde volver a la vida como otra persona. Un dolor ardiente en la mano la distrajo. Se la miró y vio cómo una pequeña linea negra se marcaba a fuego en su piel, justo por debajo de su muñeca. Quiso gritar de dolor pero con eso sólo asustaría a su amiga. Y era su cumpleaños, no podía hacerle eso. “Aguantaré.”-Se dijo-”Aguantaré y mañana pondré orden a todo esto.”
Eran las doce cuando el lujoso coche paró junto a la acera y las dos subieron. El chófer no preguntó porqué iban ellas dos solas, pero Sofía le explicó que a la una debía volver a recoger a las demás. El trayecto no fue lago y ninguna de las dos chicas comentó nada. Nerea aún llevaba el susto en el cuerpo y su amiga, la veía tan ausente que tenía miedo de preguntar. Llegaron por fin a su destino. La lujosa parcela estaba al lado de la playa y una verja metálica indicaba el acceso a la parcela desde la carretera. Pequeños farolillos iluminaban el camino de piedra que llevaba a la casa, mientras que unos grandes focos alumbraban la impresionante fachada. Más que casa era una mansión. Era muy cuadrada, blanca y gris, con grandes cristaleras que daban a una espaciosa porción de playa privada con palmeras, cancha de volley y tumbonas. Además contaba con un amplio jardín de hierba con piscina en la parte de atrás, columpios y pista de patinaje.
Bajaron del coche y entraron a la casa. La madre de Sofía había dejado todas las cosas de las en la puerta. Nerea buscó su mochila entre las enormes maletas de las demás y sacó de ella la ropa y subió al baño a cambiarse. Cuando bajó de nuevo al comedor, encontró a su amiga tirando la comida que su madre había dejado preparada.
-He pedido unas pizzas, no me apetece comer caviar y otras mingadas.- Comentó con una sonrisa en la cara. Por mucho que vistiese como una de ellas, Sofía jamás sería una barbie.
Se sentaron en el suelo delante del enorme televisor con un bol de palomitas y las pizzas a ver una película. Detrás del televisor, se podía ver el mar a través de un amplio ventanal que cubría toda la pared. La película que vieron no tenía mucha esencia, la verdad, así que Nerea se pasó todo el tiempo mirando por la cristalera.
-Mira esta parte.- Le dijo Sofía.- es la mejor de toda la película.
Nerea desvió la vista de la playa, pero no llegó a ver la imagen de la película, pues la televisión se apagó junto a todas las luces de la casa. Sofía se sobresaltó. Seguramente, pensó Nerea, en este tipo de casas no se producían apagones. La dueña de la casa se levantó a buscar el interruptor de la luz, alumbrándose con su teléfono móvil. Nerea, sola en el suelo de la sala de estar, volvió su vista al mar, pero su mirada se topó con la de alguien. Una mirada amenazante, proveniente de los ojos azules oscuro que había visto. NO, no se olvidaría nunca de aquella mirada. Entre el ventanal y la playa, estaba la Sombra del callejón. Vestía la misma ropa que hacía unas horas, los pantalones vaqueros y la camiseta negra. En la mano llevaba un puñal. Nerea gritó. Un relámpago iluminó la playa, pero cuando se escuchó el trueno que le acompañaba, la sombra ya no estaba allí. La luz volvió y Sofía regresó corriendo.
-¿Te encuentras bien?- Preguntó con voz preocupada por segunda vez en aquella noche.
-No, está todo bien.- Le respondió. Pero si que pasaba, había visto un asesinato, luego al muerto revivir convertido en otra persona, y por último, el asesino se presentaba en la casa en la que iba a pasar la noche con un puñal.-Sólo estoy algo cansada, ha sido un día largo. Me voy ya a la cama.
-Buenas noches, que descanses.- La despidió con una sonrisa.
Nerea subió pesadamente los escalones hasta su habitación y se dejó caer en la cama con la ropa aún puesta. Quería desconectar del mundo por unas horas, aunque sabía que no iba a poder conciliar el sueño.

En el Gran Salón, los Doce ocupaban sus asientos. Vestían y se cubrían las caras con unas capas con capucha blancas, ya que ninguno debía conocer el aspecto físico de los demás. El que presidía la mesa habló con una voz grande y profunda.
-Te han encontrado y te han disparado, número Siete. Explícate.
El que debía ser el número Siete se levantó de la silla, y dirigiéndose al resto de encapuchados explicó:
-Me esperaban, pero no han conseguido nada. Saben que no pueden hacer nada mientras los Doce no estemos juntos. Aunque me hubiesen raptado...
-¡Básta!- le interrumpió una voz de mujer al lado del presidente.- Lo que queremos decir es que te hemos dado muchas oportunidades, como vuelva a pasar tendremos que tomar medidas.
-Encarcelamiento...- murmuró el acusado.
-Exacto, así que ya puedes andarte con cuidado...
El numero Siete asintió con la cabeza. Debía andarse con cuidado si no quería quedarse atrapado para el resto de su vida en una prisión subterránea. Debía andarse con mucho cuidado...